de Poemas como perros con rabia
No puedo permitirme la tristeza,
dejarla entrar y que se sienta como en casa.
No, que no entre la tristeza.
¡Dígale que he salido y que no vuelvo hasta mañana!
No puedo permitirme la tristeza.
Ni siquiera en el poema.
Salgo a caminar,
como si pudiera dejarla
olvidada
encima de la mesa
y confiar en ella.
Como si la tristeza no se llevara
a todas partes
subrepticia en las capas de la dermis,
en la voz de ultratumba,
en la saliva, en la médula ósea.
Le debo una sonrisa al mundo, pienso.
Me convenzo y vuelvo sobre mis pasos
reconstruyendo el parque.
Me siento y escribo lo único que he podido
escribir hoy,
estas torpes líneas de obituario,
este testamento triste
que no deja ni un solo
centavo de esperanza para nadie.
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