Por lo menos un instante
he sido ya todos
los hombres:
he sido el agua, la sed, la desnudez, el llanto.
Llega un momento cada noche
en que ya sólo deseo algo blando
dónde rendirme y desaprender el Universo.
Anudando mis dispersos instantes de gozo
podría formarse una estación
plena de vendimia.
He visto a toda grandeza asumir
una mínima dimensión de lágrima
—ante una tumba—.
De la naturaleza humana he aprendido
que la pureza de un hombre hay que medirla
en su peso exacto de cristal y barro.
La sangre de mi cuerpo sabe
que nuestros dioses verdaderos son aquellos
a quienes ama nuestra carne.
El fondo de mi alma sabe
que no podemos aspirar a otra salvación
que a la de la tersura de una piel.
Y he de resignarme —a falta de un verbo
que conjugue al hombre en lo eterno—
a escribir estas efímeras palabras.
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