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Volví a la piedra,
hice de tu boca un pozo
y ahora te obligo a una tregua.
Aprendí a llorar
con palabras que puse en tu voz,
enterré ese fuego.
Y solo tu sombra me siguió
(lo demás se quedó quieto,
como un jilguero).
Reclamo para mi
el agua del cuenco de tus manos,
reclamo la sed que derramé.
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