miércoles, 18 de marzo de 2020

Mi miedo, señor Raymond Carver


Mi miedo, Raymond Carver

no es a la policía, 
ni a las guerras nucleares,
ni una bala perdida en el carnaval de Brasil. 

Mis miedos son pavadas, 
que el avión se esté cayendo
y yo sin haberte dicho todo. 
De que estén de fiesta en la cabina
el piloto y todas las azafatas del mundo.

MI miedo, señor Carver, es de inyección, 
de una mano trémula de enfermera ebria
buscándome una vena en la oscuridad. 

Ya no le tengo miedo a los velorios
ni a las ratas de las estaciomes del Sur,
ni a olvidarme algo de la lista de almacén,
o de no tener preservativos.
Ni de no haber comprado cigarrillos,
ni de olvidarme el paraguas en el colectivo.

Tampoco le temo a las hornallas abiertas,
ni a las estufas, que le temía.
Inclusive, voy descalzo a la heladera.
Ya no le temo a los semáforos tiritando en amarillo
y ya no hay monstruos debajo de la cama.
Ya no tengo miedo a llegar tarde, 
ni a olvidarme nuestro aniversario. 

Pero todavía, Carver, le temo al dolor de muelas,
a los dentistas y a los cirujanos,
a su anestesia maldita. 
Como le dije, son pavadas.

Mi miedo, Carver, es de mujer despechada, 
Mi miedo son residuos que merezco.
Le temo tanto a que funcione como a que no,
temo a que los “para siempre” se terminen mañana.

Mi miedo es distinto, 
de que sólo pueda decir esas cosas que se dicen 
cuando el avión se está cayendo.

Por eso, mi miedo es de silencio, 
De no saber qué decir o de decir demasiado,
que casi siempre es lo mismo. 

Mi miedo, Carver, no es
de páginas en blanco,
ni de enfermedades infecciosas.
Todo eso sé llenarlo, fácilmente, 
como ahora, como siempre
con más palabras que miedo.

Ya no contemplo con terror 
a los hombres
con bolsas en la espalda, 
ni a los perros
que me ladran en las rejas de las casas.
Les esquivo a las arañas y a los relojes,
pero eso no es nada.

Tengo una lista de miedos
que son pavadas, y no tanto.
Miedo a ser recuerdo, a que mañana
me recuerden como el que estuvo de paso
como un viajero indeciso, 
que no sabía irse 
pero tampoco quedarse. 

A eso sí le temo con terror. 
A aparecer detrás de ti
en una fila de supermercado
o en el cine, 
o en cualquier sitio, 
y que sigas de largo, a que digas, 
fría y hostil un día,
(seguramente de lluvia),
en un hotel cualquiera, 
en cualquier cama,
al lado de cualquier imbécil,
que yo era el temeroso, 
el que invariablemente,
por cualquier cosa,
siempre, se moría de miedo.

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