sábado, 30 de noviembre de 2019

El vinito, Alejandro Sarratina


Se iba a llamar “el vino y la clase media tinta”, porque soy de clase media, lucho y pataleo por mantenerme, acá, en la maldita mitad. No soy de River ni de Boca, soy de Racing, como Perón, de provincia, y pongamos que de Avellaneda. Soy un empleado que nunca asciende y que se contenta con mantenerse. Cochecito usado que lavo el sábado a la tarde y vacaciones a la costa.
 
 Les decía, soy de clase media media media, por herencia genética consuetudinaria. Lo voté a Alfonsín, hice la colimba, y laburo de fletero como un perro para el asadito el domingo. La otra vez lleve un cargamento entero de recuerdos casi vencidos, ya sé que es ilegal, pero tengo que hacer unos pesitos extras.  Tengo costumbres como el fulbito, el reencuentro con los pibes, alguna esquina, hijos 2, Tato Bores sólo uno, el póquer por chirolas, novia de juventud, algo de cabarulo y hasta que la muerte nos separe, y, muy joven además.  Basta, esto es tan lineal, yo soy así, lineal....pero les aseguro que yo no lo voté. En la primera sí, ¿quién se iba imaginar que hizo lo que hizo? Sí, perdí todo y volví a empezar.  Entonces, cada vez me cuesta más comprarme ese vinito, ese tinto para acompañar las milanesas, martes. La góndola de los chinos es una tristeza en vinos. Uno elige dicen. Es como la democracia, uno elige lo que le dan a elegir, y se parece mucho a este supermercado. Como cuando salíamos a bailar con El Cabe, también elegíamos, la menos fea que nos miraba.  Pero hoy van a ver, ningún vino de mierda. Medio pelo tampoco. Mucho menos cartón. Y tinto. Me dieron una propina unos garcas de Nordelta, me parece que me boludeaban pero me concentré en el vino. Disculpen.  - Sí mi amor. Estoy yendo para allá. ¿Cómo que con quién estoy? En los chinos!! Leche, manteca. ¿Algo más?  Hace quince minutos que estoy parado frente a la góndola de los vinos y la chinita (que está enamorada de mí) me escudriña (así se dice cuando a uno lo miran en serio), ¿sospecha de mí? ¿Qué hice ahora? Nada me va detener, es simple, es un gusto que me quiero dar, un vinito. Lo quiero elegir bien, ya sé que es ridículo quedarse mirando los vinos en un supermercado chino como si fuera la bodega de Macri, pero bueno, joderse. Darlos vuelta y leer temperaturas, climas y frutas, es parte del ritual, que Mendoza que San Juan, no me caso con nadie. Me tengo que enamorar, de la etiqueta, del nombre….  Me voy a estirar un poco, la manteca más barata y a la mañana me levanto, saco guita de las vacaciones y le compro la leche. Hoy, lo único que importa es el vino tinto argentino, me falto el carajo. Así que compro un atado de 10 puchos y dejo la manteca que se la pido a la vecina. Me arriesgo. Voy por uno mejor, Perdonen.  - Sí, ¿querida? ¿Otra vez con eso de la Fanny? Hace 4 años que la Fanny no vive en Buenos Aires, se fue, se casó y se fue a Europa. ¿Que tuvo más suerte que vos? Más tetas que vos. No, nada, no dije nada. ¿Toallitas? Con alas, dale.  ¿Les dije que la Chinita está enamorada de mí, me fía, que prueba de amor más irrefutable que esta viniendo de una trabajadora oriental? Además de las señales universales del amor, la mirada escueta, achinada pero atiborrada de pudor. Ni hablar de que me da 2 bolsitas cuando llevo botellas, o de avisarme cuando algo está al límite del vencimiento, que no sucede pocas veces. ¡A este vino me lo va envolver para regalo!  No es fea, es flaquita y se viste bien, el que no me gusta es el que anda siempre vagando en pena por los pasillos, debe ser el novio, se hace el que trabaja y para mí que vigila todo.  - Vino – me dice simpáticamente.  - Argentino – le contesto con otra obviedad como para tantear si su estupidez es o no fingida.  - Chino.  Esa respuesta me preocupó. No es ningún boludo. Me apuró, empiezo a transpirar. Suena el celular pero ahora no atiendo, ni que me llamara Dios.  - Celular, celular -me dice el chino como ofendido con mi desprecio por la tecnología.  - No importar, yo elegir vino- dije, sintiéndome un poco idiota.  Hiroshima importaría poco hoy aunque haya sido en Japón. Porque tal vez son Coreanos o Japoneses, no lo sé y no me importa. El Negro es el negro, el Cabezón es el cabezón, esas son cosas que no se piensan en mi categoría de clase media devaluada.  Repasemos: la manteca a la vecina, puchos de 10, leche mañana, siempre uno se olvida de algo que termina en una guerra. Algo más me pidió esta hija de puta. ¡Ayúdenmenn! No importa, cuando mi mujer este a los gritos yo voy a estar saboreando el vino más caro de mi vida, nada me va importar, nada.  Sólo me falta elegirlo. Estoy entre el de la etiqueta roja con una vaca loca pastando, o el del gaucho que se va guitarreando. La vaca, sí, es el sueño de la clase media. La vaca atada, analizaría alguno, pero sí, es cabernet. Listo.  Veo que apagan las luces y me apuro. La plata de la manteca, de la leche, la propina y los puchos y algo más del contrabando de recuerdos, todo invertido en un vino. Es una vez en la vida. Pero les confieso que me falta un peso con 99 centavos, y voy a coquetear con la chinita. Las mañas no las perdí. Me hago el que busco billetes, me hago el que me olvidé la plata. No, un “perdí uno de cien, me quiero matar”, así doy lastima.  - No, la manteca la dejo, y la leche. -que estúpido soy, dejo las cosas antes de saber que perdí el billete. La emoción de tenerlo en mi mano me supera.  Yo tenía un primo que compraba estos vinos, cuando a mi mujer le gustaba ir al campo de Cañuelas, o era Guernica. Tal vez necesite- como dice ella- ir al psicólogo. Y contarle esto, que es una vergüenza y una desgracia. Yo sé que algunos van a pensar que es una gran estupidez, pero es importante, digo, darse un lujo dentro de una rutina interminable. Pocos van a entender lo que estoy por hacer.  - Falta 1 peso- dijo la chinita.  ¿No estará más enamorada de mí? Parece enojada porque tienen que cerrar. Siempre me fió menos de un peso. Capas que es mucho pedir. Es como si a mí me obligasen a elegir entre el vino y el resto del mundo.  - ¿Un peso? Uhh….  Fueron unos segundos en que contemplé la escena a la perfección. La puerta estaba todavía abierta. Afuera corría un vientito hermoso. El chino estaba lejos acomodando unas leches vencidas. Calculé que en pocos segundos llegaría a la esquina y después correr y correr 3 cuadras con una felicidad enorme. ¿Me van a perseguir por un peso de mierda? Son esos momentos que uno ve todo como desde arriba.  Mientras corría recordé las toallitas, el celular vibraba y yo corría, me lo repetía, “te olvidaste las toallitas”, si analizamos eran toallitas con alas. Alguien diría que alas son las que hubiese necesitado para esquivar el patrullero que me esperaba en la esquina. 



12 de marzo 2010
Alejandro Sarratina





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